LA MUJER LIBRE
Emma Goldman (1869-1940).
El gran defecto de la emancipación en la actualidad estriba en su
inflexibilidad artificial y en su respetabilidad estrecha, que
produce en el alma de la mujer un vacío que no deja beber de la
fuente de la vida. En una ocasión señalé que parece existir una
relación más profunda entre la madre y el ama de casa del viejo
estilo, aun cuando esté dedicada al cuidado de los pequeños y a
procurar la felicidad de los que ama, y la verdadera mujer nueva,
que entre ésta y el término medio de sus hermanas mancipadas. Las
discípulas de la emancipación pura y simple pensaron de mí que era
una hereje digna de la hoguera. Su ceguera no les dejó ver que mi
comparación entre lo viejo y lo nuevo era simplemente para demostrar
que un gran número de nuestras abuelas tenía más sangre en las
venas, más humor e ingenio, y, por supuesto, mucha más naturalidad,
buen corazón y sencillez, que la mayoría de nuestras profesionales
emancipadas, que llenan los colegios, aulas universitarias y
oficinas. Con esto no quiero decir que haya que volver al pasado, ni
que condene a la mujer a sus antiguos dominios de la cocina y los
hijos.
La salvación está en el avance hacia un futuro más brillante y más
claro. Necesitamos desprendernos sin trabas de las viejas
tradiciones y costumbres, y el movimiento en pro de la emancipación
de la mujer no ha dado hasta ahora más que el primer paso en esa
dirección.
Hay que esperar que se consoliden y realicen nuevos avances. El
derecho al voto y la igualdad de derechos civiles son
reivindicaciones justas, pero la verdadera emancipación no comienza
ni en las urnas ni en los tribunales, sino en el alma de la mujer.
La historia nos cuenta que toda clase oprimida obtuvo la verdadera
libertad de sus señores por sus propios esfuerzos. Es preciso que la
mujer aprenda esa lección, que se de cuenta que la libertad llegará
donde llegue su capacidad de alcanzarla. Por consiguiente, es mucho
más importante que empiece con su regeneración interior, que
abandone el lastre de los prejuicios, de las tradiciones y de las
costumbres. La exigencia de derechos iguales en todos los aspectos
de la vida profesional es muy justa, pero, después de todo, el
derecho más importante es el derecho a amar y ser amada. Por
supuesto, si la emancipación parcial ha de convertirse en una
emancipación completa y auténtica de la mujer, deberá acabar con la
ridícula pretensión de que ser amada, convertirse en novia y madre,
es sinónimo de esclava o subordinada. Tendrá que terminar con el
estúpido concepto del dualismo de los sexos, o de que el hombre y la
mujer representan dos mundos antagónicos.
La mezquindad separa y la libertad une. Seamos grandes y
desprendidas y no olvidemos los asuntos vitales, agobiadas por las
pequeñeces. Una idea verdaderamente justa de la relación entre los
sexos no admitirá los conceptos de conquistador y conquistada; lo
único importante es darse a sí mismo sin límites para encontrarse
más rico, más profundo y mejor. Solamente eso puede llenar el vacío
y transformar la tragedia de la mujer emancipada en una alegría sin
limites
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